Tras la Guerra Civil, el entorno de Jubera atravesó décadas marcadas por la miseria, la represión y el exilio. La escasa producción agrícola y una economía basada principalmente en la ganadería limitaban las oportunidades y empujaban a muchas personas a abandonar sus pueblos. Sin embargo, la actividad minera abrió un breve periodo de prosperidad que transformó la vida de Jubera.
La mina generó empleo en un contexto difícil, pero también dio lugar a una comunidad que desarrolló su vida alrededor de la explotación.
La actividad minera atrajo a personas procedentes de distintos puntos de España. Cántabros, andaluces, extremeños, riojanos, vascos o navarros se establecieron en los alrededores de la mina en busca de nuevas oportunidades.
La plantilla llegó a tener alrededor de un centenar de trabajadores, lo que hizo necesaria la construcción de viviendas para las familias mineras. Estas se levantaron junto a la boca de la mina y en la zona de El Peñueco.
Pero la vida alrededor de la mina iba mucho más allá del trabajo. Junto a las viviendas surgieron espacios para el encuentro y la convivencia, como una fonda, una cantina y un salón comunitario donde se organizaban actividades y representaciones teatrales interpretadas por las propias personas trabajadoras. También se acondicionó un pequeño campo de fútbol que acogía partidos entre los equipos de la mina, los pueblos del entorno y el propio Jubera.
Entre 1947 y 1958, este núcleo minero llegó a reunir cerca de 400 habitantes. Durante unos años, la mina frenó la despoblación y abrió nuevas oportunidades para un territorio que atravesaba tiempos difíciles. Un espejismo de repoblación que se desmoronó con el cierre de las minas.

