Fuera de la mina comenzaba una nueva etapa. Una vez fuera de los túneles, el mineral iniciaba un largo proceso de transformación hasta convertirse en un recurso aprovechable.
Las piedras seleccionadas se depositaban en la tolva, un gran depósito en forma de embudo, desde donde se dosificaba el material entre la machacadora de mandíbulas y tres molinos. Allí se trituraba hasta obtener una textura similar a la arena fina. Después, el mineral pasaba por un tratamiento químico que lo transformaba en una pasta líquida.
De aquí, la masa llegaba al lavadero y a los decantadores. Se dejaba reposar y las impurezas se separaban, quedando en la espuma flotante, por lo que era fácil retirarlas. El material que quedaba se recogía en una balsa circular y de ahí se trasladaba ya en estado sólido a los secaderos.
Este producto se extendía en los secaderos y permanecía así una semana, en una capa de unos seis centímetros de espesor. Una vez concluida la semana, se cargaba en sacos de 50 kg. Un camión los trasladaba desde las minas hasta la estación de tren de Recajo, desde donde se distribuían a otras minas del Convenio Comercial de la organización.
En Jubera no solo se obtenía plomo a partir de la galena. También se extraían blenda, de la que se obtenía zinc, y pequeñas cantidades de plata, además de piedra pómez. La galena y la blenda estaban muy revueltas en el territorio, y su calidad era variable. Se podía encontrar galena acerada, galena de ojo de gallo y blenda terrosa y opaca.
Tras el tratamiento, se conseguían concentrados ricos en plomo y zinc. La blenda tenía un contenido de zinc de aproximadamente un 50%. Y no solamente eso: por cada tonelada de galena, se recuperaban además unos 130 gramos de plata.
Sin embargo, el proceso no terminaba aquí. Para obtener el metal listo para su uso era necesaria una fundición, una instalación que la Compañía Vasco-Riojana proyectó construir junto a la mina, pero que nunca llegó a hacerse realidad.

