Los restos que hoy contempláis son la huella de una actividad que transformó el paisaje y marcó un antes y un después en la historia de Jubera.
Los túneles de la antigua mina de plomo guardan mucho más que riqueza mineral. Entre sus galerías permanece la memoria de las personas que trabajaron aquí y de la comunidad que creció al ritmo de la actividad minera.
La minería ha acompañado a las sociedades de la península ibérica desde la Prehistoria. A lo largo del tiempo, las minas no solo han proporcionado recursos: también han impulsado el nacimiento de poblaciones, la construcción de infraestructuras y el intercambio de conocimientos, oficios y formas de vida.
La historia de la minería en España ha conocido distintos momentos de auge. Desde las grandes explotaciones de época romana hasta el impulso industrial de mediados del siglo XX, las minas han marcado el desarrollo de numerosos territorios.
La mina de Jubera forma parte de este último periodo. Como muchas explotaciones de su tiempo, vivió un rápido proceso de crecimiento, alcanzó su momento de mayor actividad y, pocos años después, cerró sus puertas.
Aunque el subsuelo riojano es rico en minerales, la minería nunca alcanzó aquí la importancia que tuvo en otros territorios. Durante siglos, la agricultura y la ganadería marcaron la economía y el modo de vida de esta región.
A finales del siglo XVIII, los exploradores Pereda y Aguirre recorrieron parte de la provincia para estudiar sus recursos minerales. Sus observaciones confirmaron el potencial del subsuelo, pero también el predominio de las actividades tradicionales.
Sin embargo, la riqueza mineral de Jubera no pasó desapercibida. Los documentos históricos recogen la existencia de explotaciones de plomo en este entorno desde el siglo XIX.
Esta mina comenzó a funcionar a mediados del siglo XX, tras varios intentos y estudios previos que confirmaron el potencial mineral de la zona.
Su puesta en marcha transformó este territorio. En su momento de mayor actividad, su plantilla llegó a contar con alrededor de 100 trabajadores y, junto con sus familias, el poblado minero alcanzó cerca de 400 habitantes.
Quienes llegaron hasta aquí no solo compartieron un lugar de trabajo. También construyeron una comunidad, crearon vínculos y desarrollaron una forma de vida que dejó huella en la memoria colectiva.
Hoy quedan algunos vestigios de aquella etapa. Este recorrido te invita a mirar más allá de las ruinas para descubrir el valor material e inmaterial de la mina de Jubera.

